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"El Jaral de Peñas" La ganadería el "Jaral de Peñas" se encuentra en el pueblo de Tequisquiapan en el estado de Querétaro (centro de México), su propietario Don Luis Barroso Barona, es uno de los ganaderos legendarios de México, tanto que, en los años sesenta su ganado fue transportado a Madrid, y se presentó en la Plaza de Toros de las Ventas. En los toros, al igual que los seres humanos, los principales componentes de una buena salud y fuerza física son la dieta y el ejercicio. Para ejercitar a los toros D. Luis ha construido un "toródromo" en su rancho, una pista de casi una milla de largo, aproximadamente la misma distancia que recorren los toros cada día de Julio, durante la Feria de San Fermín, entre los corrales y la Plaza de Toros de Pamplona En día alternos se sueltan los toros desde los corrales que corren hacia el campo con el vaquero montado a caballo tras de los toros. Las reses, al ejercitarse, incrementan su capacidad pulmonar y aumentan su energía. Desde un pequeño edificio, construido al inicio de la pista, se puede observar como los toros dejan los corrales y se dirigen embistiendo hacia nosotros levantando nubes de polvo. Cuando se acercan a escasos metros de nuestro refugio, se pueden percibir las vibraciones de sus cascos golpeando el terreno en nuestras propias botas, y oler ese olor especial del ganado bravo, al tiempo que se pierden en medio de una gran nube opaca de polvo. Aún cuando perdemos de vista a las reses, sabemos que están ahí, percibimos su presencia envueltos en una nube de polvo. Y a pesar de que no podemos verlos bien sobre las copas verdes de los árboles, podemos imaginar el galope de los toros subiendo la colina, estirando sus musculosas patas, su torso ensanchándose con cada inspiración, sus rabos batiendo el aire, balanceando rítmicamente sus cabezas, una masa de poder "taurino" en sus pezuñas. Al tiempo que se apaga el sonido de sus cascos, el pequeño edificio donde esperemos queda en silencio y parece más fresco, entonces percibes que tu temperatura interior ha cambiado. La emoción, cuando los toros pasaron cerca, calienta la sangre que recorre las venas y la respiración se agita. Uno se esfuerza por distinguir el final del camino a través del resplandor, mientras la nube de polvo se acerca a la curva y las reses reaparecen, sus cuerpos inclinándose en la curva mientras doblan la esquina y retoman el camino de regreso hacia el lugar donde nos encontramos. Al principio aparecen como un espejismo. La radiante luz del sol de México reflejando el polvo casi blanco del desierto. El polvo que sacuden los cascos está tan seco que envuelve a la manada y parecen flotar en una enorme y límpida nube. Momento a momento, con cada zancada de sus vigorosas patas, la manada se acerca, y ya puedes diferenciar sus diferentes pintas o capas, mientras se desplazan de un sitio a otro, cambiando de posición, dentro de la manada. Es una experiencia única, poder observar a los toros en el campo y poco frecuente tener la oportunidad de observarlos correr en grupo, como en un encierro. O sentir su poder aproximándose, poco a poco, con cada zancada. En las calles de Pamplona casi se podría sentir lo mismo, pero no puedes dejar volar libre dicho sentimiento, la aglomeración que te rodea y la repentina necesidad de auto conservación te lo impiden. Parecería extraño pensar que un aficionado que siente la necesidad de experimentar el Encierro de Pamplona, una oportunidad de acercarse y correr con toros bravos, tras uno minutos en el recorrido, se da cuenta de que los animales que te inspiran temor no son los toros de afilados cuernos, si no la muchedumbre que te rodea. La belleza de correr toros se convierte en algo antinatural en las calles de la ciudad, rodeadas de edificios, entonces solo te preocupa la necesidad de protegerte de empujones y empellones del resto de los excitados corredores, el miedo a ser pisoteado por la multitud.
Cuando la manada se acerca, ¡la imagen se amplia! Se puede ver al vaquero ondeando la soga, y aunque no puedes oír sus gritos, puedes, en cambio, imaginar el sonido de la cuerda enrollada cuando golpea el cuero de la montura. Al tiempo que se empequeñece el espacio entre la manada y nosotros, se pueden advertir las características de las reses individualmente, las marcas ovaladas alrededor de los ojos, la forma de los cuernos, y de nueva escuchas y sientes el estruendo de sus pezuñas golpeando la tierra compacta. Al acercarse, la manada se estira para atravesar la verja próxima a nuestra posición. Cada toro pesa más de 500 kilos y tras correr una milla, en el calor del día, llegan con la boca cerrada, apretada, sin resoplar, como atletas en plena forma. Y cada toro, cuando pasa, te mira con esa mirada indiferente, típica del ganado bravo, una mirada orgullosa en los ojos y su presencia física que revela lo insignificante que somos los seres humanos para ellos. "La Mirada", desafiante y arrogante de su majestad: ¡El toro bravo! Jason C. Morgan Traducción: Reyes Aguirre |
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